Empresas británicas: dos siglos de inversión que ayudaron a construir la economía moderna de México
Cuando se habla de inversión extranjera en México, con frecuencia la conversación gira en torno a Estados Unidos. Sin embargo, mucho antes de la entrada en vigor del TLCAN, el Reino Unido ya había desempeñado un papel determinante en la construcción de sectores estratégicos de la economía nacional.
Desde la década de 1820, inversionistas ingleses y escoceses identificaron en México un mercado con un enorme potencial en minería, infraestructura, transporte, energía y servicios públicos. Ese flujo de capital no solo impulsó proyectos de gran escala, sino que introdujo nuevas tecnologías, modelos de administración y capacidades industriales que marcaron el desarrollo económico del país durante el siglo XIX y las primeras décadas del XX.
Uno de los primeros casos emblemáticos fue la Compañía de Aventureros de las Minas de Real del Monte, integrada por capitalistas británicos que apostaron por reactivar la producción argentífera en Hidalgo. Además de invertir recursos financieros, introdujeron maquinaria de vapor y técnicas mineras desarrolladas en Cornualles, sentando un precedente para la modernización de la minería mexicana.
Con el avance del Porfiriato, la presencia británica se expandió hacia sectores considerados estratégicos. La firma S. Pearson & Son encabezó algunos de los proyectos de infraestructura más importantes de la época, entre ellos el Gran Canal del Desagüe del Valle de México, la modernización del puerto de Veracruz y el Ferrocarril Nacional de Tehuantepec, obras que mejoraron la conectividad y la competitividad del país.
El sector energético tampoco fue la excepción. En 1908 nació la Compañía Mexicana de Petróleo El Águila, empresa controlada por el empresario británico Weetman Pearson. En pocos años se convirtió en el principal productor de petróleo del país, alcanzando aproximadamente la mitad de la producción nacional antes de la expropiación petrolera de 1938.
El capital británico también tuvo una participación decisiva en la electrificación de México. Empresas como Mexican Light and Power Company y Tampico Electric Light and Power Company desarrollaron redes de generación y distribución eléctrica, además de operar sistemas de tranvías urbanos que impulsaron el crecimiento de ciudades como la Ciudad de México y Tampico.
Las cifras ilustran la magnitud de esta presencia. Para 1911, alrededor del 55% de la inversión extranjera en la industria petrolera mexicana era de origen británico. En los servicios públicos, el porcentaje ascendía a cerca del 89%, mientras que el capital británico representaba aproximadamente el 35% de la inversión ferroviaria y el 14.3% de la inversión minera.
Más allá de las cifras, el legado empresarial británico demuestra que la relación económica entre México y el Reino Unido tiene raíces de más de dos siglos. La llegada de capital, tecnología y conocimiento especializado contribuyó a consolidar industrias que hoy forman parte de la estructura productiva nacional.
En un contexto global donde la relocalización de inversiones y la diversificación de socios comerciales vuelven a ocupar un lugar central en la agenda económica, la experiencia histórica ofrece una lección vigente: la inversión extranjera no solo se mide por el capital que aporta, sino por su capacidad para desarrollar infraestructura, transferir tecnología y generar ventajas competitivas de largo plazo.
