martes, 22 de septiembre de 2026

Feliz cumpleaños UNAM

 🎓 LA UNAM NO NACIÓ DE LA UNIVERSIDAD PONTIFICIA


Hay una idea muy repetida sobre la historia de la Universidad Nacional Autónoma de México: que la UNAM sería, de alguna manera, la continuación de la antigua Real y Pontificia Universidad de México, fundada en el siglo XVI.


Pero esa interpretación borra una ruptura fundamental de la historia mexicana.


La antigua universidad colonial y la Universidad Nacional de 1910 no fueron la misma institución.


La primera nació dentro del orden político, religioso y cultural de la Nueva España. La segunda fue concebida en el México independiente como parte de un proyecto completamente diferente: nacional, laico, científico y vinculado a la construcción del Estado mexicano moderno.


Y esa diferencia no es menor.


Durante el siglo XIX, los liberales cuestionaron profundamente a la antigua Universidad de México por considerarla una institución ligada a estructuras educativas y corporativas del antiguo régimen.


En 1833, durante la primera reforma liberal de Valentín Gómez Farías, la Universidad fue suprimida.


Volvió a abrir sus puertas en 1834.


En 1857, Ignacio Comonfort volvió a suprimirla mediante un decreto que destinó su edificio, fondos y bienes a la formación de la Biblioteca Nacional.


«“Queda suprimida desde esta fecha la Universidad de México.”»


— Decreto del presidente Ignacio Comonfort, 14 de septiembre de 1857.


La institución volvió a abrir posteriormente y, en 1861, Benito Juárez decretó nuevamente su extinción.


Es decir: la desaparición de la antigua universidad fue parte del proceso de Reforma y de la construcción del Estado liberal mexicano.

Pero para entonces la ruptura fundamental ya estaba en marcha.


Después del triunfo de la República, Benito Juárez y los liberales no intentaron reconstruir aquella universidad colonial.


Construyeron otra cosa.


En 1867, Gabino Barreda creó la Escuela Nacional Preparatoria, cuyo proyecto educativo estuvo inspirado en el positivismo de Auguste Comte. Al mismo tiempo comenzaron a consolidarse las Escuelas Nacionales como pilares de una nueva educación pública.


De ahí surge el verdadero antecedente de la Universidad Nacional.


No de la restauración de una universidad pontificia.


Sino de la transformación liberal de la educación mexicana.


Décadas después, Justo Sierra retomaría ese proyecto y propondría una institución universitaria capaz de reunir y articular las escuelas nacionales existentes.


En 1881 presentó su primer proyecto para crear una Universidad Nacional.


Y finalmente, en 1910, durante las celebraciones del Centenario de la Independencia, se fundó la Universidad Nacional de México.


La nueva institución integró la Escuela Nacional Preparatoria y las escuelas nacionales de Jurisprudencia, Medicina, Ingeniería, Bellas Artes y Altos Estudios.


Sierra no estaba resucitando la universidad colonial.


Estaba intentando coronar el sistema educativo construido durante el México liberal.


Una universidad nacional para una nación independiente.


Una universidad basada en la ciencia y no en la escolástica.


Una universidad vinculada al conocimiento moderno y no a las estructuras corporativas del antiguo régimen.


Y, sobre todo, una institución que debía “nacionalizar la ciencia y mexicanizar el saber”.


Por eso, la historia de la UNAM puede entenderse mejor no como una línea continua que va de la Universidad Pontificia a la universidad contemporánea.


Es, en buena medida, la historia de una ruptura.


La vieja Universidad de México desapareció.


Y sobre las nuevas instituciones educativas creadas por el México liberal —con la influencia del positivismo y posteriormente con las aportaciones humanistas de Justo Sierra— nació otro proyecto universitario.


La Universidad Nacional de 1910 no fue la resurrección de la universidad colonial.


Fue uno de los grandes proyectos intelectuales del México moderno.


🇲🇽📚 De la Reforma a la Universidad Nacional: no continuidad, sino transformación.

sábado, 19 de septiembre de 2026

El largo viaje del Códice Azcatitlán

 El largo viaje del Códice Azcatitlán: de México a París y de regreso, casi dos siglos después


El manuscrito que documenta la historia mexica salió de México en el siglo XIX y terminó en la Biblioteca Nacional de Francia. Ahora, casi 200 años después, vuelve temporalmente al país que narra en sus páginas.


Por La Morgue Noticias


Hay documentos que cuentan la historia. Y hay documentos que, por sí mismos, son parte de la historia.


El Códice Azcatitlán pertenece a esa segunda categoría.


Este manuscrito, elaborado en el centro de México durante el periodo colonial temprano, constituye uno de los testimonios pictográficos más importantes sobre la migración de los mexicas, la fundación de México-Tenochtitlan, la sucesión de sus gobernantes y el proceso de la Conquista.


Pero existe una paradoja difícil de ignorar: aunque el códice habla de la historia de México, desde hace más de un siglo pertenece a las colecciones de la Biblioteca Nacional de Francia.


En septiembre de 2026, el documento regresó temporalmente a México para formar parte de una exposición en el Museo Nacional de Antropología.


Su regreso permite volver a una pregunta que durante décadas ha despertado interés entre historiadores y especialistas: ¿cómo terminó en París un documento fundamental de la historia mexica?


La respuesta no conduce a un único funcionario mexicano ni a una supuesta venta oficial del Estado mexicano. La historia es más compleja.


Boturini: el primer gran coleccionista


Para comprender el viaje del Azcatitlán hay que comenzar en el siglo XVIII con Lorenzo Boturini Benaduci, intelectual italiano que llegó a la Nueva España y se convirtió en uno de los principales recopiladores de documentos indígenas.


Boturini reunió códices, manuscritos, mapas y otros testimonios relacionados con la historia de los pueblos originarios de la Nueva España.


Su colección llegó a ser extraordinaria.


Sin embargo, su relación con las autoridades virreinales terminó mal. En 1743 fue detenido y sus bienes fueron confiscados, incluida buena parte de la colección documental que había reunido.


Aquella confiscación sería fundamental para entender la posterior dispersión de numerosos documentos mexicanos.


El Códice Azcatitlán aparece posteriormente relacionado con ese universo documental.


Aubin y la salida de México


La siguiente figura fundamental es Joseph Marius Alexis Aubin, científico y coleccionista francés que llegó a México durante el siglo XIX.


Aubin desarrolló un enorme interés por los documentos indígenas y coloniales relacionados con México. Durante sus años en el país reunió una importante colección de manuscritos y códices.


Entre ellos terminó encontrándose el Azcatitlán.


Y aquí ocurre uno de los momentos decisivos de esta historia.


En 1840, Aubin regresó a Francia y llevó consigo su colección de documentos mexicanos.


El Códice Azcatitlán cruzó así el Atlántico.


No se trató, según la documentación disponible, de una operación mediante la cual un presidente de México hubiera vendido el códice al Gobierno francés.


Tampoco existe evidencia que permita señalar a un funcionario mexicano concreto como responsable de una autorización oficial para entregar el documento a Francia.


Lo que ocurrió fue consecuencia de una época en la que los documentos históricos y arqueológicos podían pasar de manos privadas a colecciones extranjeras con una facilidad que hoy resultaría mucho más difícil de imaginar.


De Aubin a Goupil


Una vez en Francia, la historia del códice todavía tendría otro capítulo.


La colección reunida por Aubin pasó posteriormente a manos de Eugène Goupil, empresario y coleccionista de origen francés, conocido por reunir una de las colecciones privadas más importantes de documentos relacionados con México.


En 1889, Goupil adquirió la colección Aubin.


El Azcatitlán quedó así incorporado a una colección privada francesa.


Cuando Goupil murió, su viuda, Marie-Antoinette Goupil, siguió la voluntad de su esposo y donó la colección a la Biblioteca Nacional de Francia en 1898.


De esta manera, el códice terminó incorporado al patrimonio documental francés.


Actualmente se encuentra identificado dentro de los fondos mexicanos de la Bibliothèque nationale de France.


Entonces, ¿“México dejó que se lo llevaran”?


La pregunta resulta tentadora, pero la historia obliga a hacer una precisión.


El Azcatitlán salió de México en 1840, durante una etapa de enorme inestabilidad política, económica e institucional en el país.


Sin embargo, afirmar que “un funcionario mexicano regaló el códice a Francia” o que “el Gobierno mexicano lo vendió” requeriría una evidencia documental que no aparece en las fuentes históricas consultadas.


El responsable directo de que el documento cruzara el Atlántico fue Aubin, quien poseía la colección y se la llevó consigo cuando regresó a Francia.


Posteriormente, el proceso de transmisión fue:


Lorenzo Boturini → colección documental → Joseph Marius Alexis Aubin → Francia, 1840 → Eugène Goupil, 1889 → Biblioteca Nacional de Francia, 1898.


Esa es, hasta donde permite reconstruir la documentación disponible, la ruta del códice.


Un documento mexicano en manos francesas


El caso del Azcatitlán tampoco es aislado.


Durante los siglos XVIII, XIX y buena parte del XX, numerosos códices, manuscritos, piezas arqueológicas y documentos relacionados con las culturas indígenas de México terminaron en colecciones particulares, museos y bibliotecas de Europa y Estados Unidos.


La diferencia fundamental con el presente es que actualmente existen normas nacionales e internacionales mucho más estrictas respecto de la propiedad, exportación y protección del patrimonio cultural.


El debate sobre la pertenencia y restitución de bienes culturales también ha adquirido una dimensión internacional.


Y el Azcatitlán se encuentra dentro de esa discusión.


Casi dos siglos después, el códice vuelve a México


En septiembre de 2026, el manuscrito regresó temporalmente al país.


El Museo Nacional de Antropología abrió una exposición dedicada al documento, permitiendo que el público mexicano pueda contemplarlo nuevamente en territorio nacional después de casi dos siglos.


El regreso no significa que el códice haya cambiado definitivamente de propietario.


Se trata de un préstamo cultural, resultado de la cooperación entre instituciones mexicanas y francesas.


Como parte del intercambio, México también ha prestado a Francia documentos relacionados con su propio patrimonio histórico.


La exhibición, sin embargo, tiene un significado que va más allá de una simple muestra museográfica.


Por primera vez en generaciones, un documento que narra la historia de los mexicas puede ser contemplado en el mismo país cuya historia registra.


¿Debe regresar definitivamente?


Aquí comienza otro debate.


El regreso temporal del Azcatitlán ha vuelto a colocar sobre la mesa la cuestión de la restitución definitiva de patrimonio cultural mexicano que actualmente se encuentra en instituciones extranjeras.


El Instituto Nacional de Antropología e Historia ha señalado que existen conversaciones y trabajos relacionados con la posibilidad de recuperar definitivamente piezas y documentos mexicanos que se encuentran fuera del país.


Pero una cosa es solicitar o negociar la restitución y otra muy distinta que exista actualmente un acuerdo definitivo para que el Azcatitlán permanezca en México.


Por ahora, el códice sigue formando parte de las colecciones de la Biblioteca Nacional de Francia.


La paradoja del Azcatitlán


El viaje del Códice Azcatitlán puede resumirse en una paradoja.


Fue creado para registrar la memoria de los pueblos que construyeron una de las grandes civilizaciones de Mesoamérica.


Pasó por manos de coleccionistas europeos.


Cruzó el Atlántico en el siglo XIX.


Terminó en una de las grandes bibliotecas nacionales de Europa.


Y casi dos siglos después regresó temporalmente al país cuya historia cuenta.


Más que buscar a un único culpable mexicano, la historia del Azcatitlán obliga a mirar un fenómeno mucho más amplio: la dispersión internacional del patrimonio histórico mexicano durante los siglos XVIII y XIX y las condiciones políticas, económicas y legales que hicieron posible esa transferencia.


La pregunta que queda abierta ya no es solamente cómo salió.


Es otra:


¿debería volver para quedarse?


Y esa discusión, a diferencia de la travesía del códice, todavía está escribiendo sus siguientes páginas.